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 Sombras del alma capítulo I

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stalkeruki

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MensajeTema: Sombras del alma capítulo I   Jue Ene 15, 2009 9:38 pm

Este relato esta ambientado en el mundo de "Perfeccion". Debe leerse despues de aquel, aunque no es imprescindible. Son independientes.
Es bastante largo. Paciencia. Se necesita disponer de un buen rato y buena voluntad.


SOMBRAS DEL ALMA
(La prueba de fe de Valnor de Shan´drilaar.)



No importa cuán felices creamos ser.
Todo ser pensante lleva un peso en el corazón. La carga de la duda, del vacío, del miedo. El peso de la memoria, del tiempo, de la culpa.
Pero también hay una fuerza que reside en aquellas profundidades; en las simas de la consciencia, en las sombras del alma.
¿Qué quedaría de nosotros si una bestia las devorara?
Angrorius de Lienn.



“… No existe una teoría unificada acerca de la etiología del fenómeno del Caos ni a nivel ontológico ni a nivel empírico. El estudioso se ve forzado, como en tantas ocasiones, a recurrir a mitos y leyendas para explicar la terrible contradicción que supone la coexistencia del campo mágico y la irrupción de la masa del Caos acaecida hace unos veinticinco mil años.
El escaso instrumental de que disponemos, un nimio e insuficiente recuerdo dejado por los Darshean tras su partida, no nos permite ni una datación más fiable ni una determinación más precisa.
Los fernarianos afirman que fueron los propios Darshean, los Progenitores, los que, incapaces de corregir las divergencias aleatorias en el continuo del campo mágico, causaron el Gran Desgarro para equilibrar las oscilaciones de los ciclos meta-taumicos.
Sin embargo, la tendencia demorana concibe tal acto como un castigo, una acción deliberada de los Progenitores dirigida a poner fin a la herejía de la antigua magia élfica y el orgullo desmedido de los reinos de Antiqua.
Por último, hay quien considera que un accidente en uno de los grandes navíos estelares de los Darshean pudo causar el desgarro y necrosis de nuestra Realidad que conocemos como “Caos”.
Lo cierto es que, con independencia de su origen, el Caos no estabilizó el campo mágico sino que extendió la mutación PCH como una plaga por este mundo, transformándolo y convirtiéndolo en un lugar de pesadilla, extendiendo la mutación y la muerte hasta El Gran Reflujo de hace veinte mil años, la época del Renacimiento.
Difícil es entenderlo como un castigo, aun desde la más pedestre de las hermenéuticas, ya que fue Aderan el afectado y no Antiqua.
Tras el Reflujo y hasta nuestros días, los únicos índices realmente elevados y letales de radiación se encuentran al Este de nuestro continente de Aderan, en las regiones denominadas con el nombre genérico de “El Abismo” por los aficionados a los excesos dramáticos.
En estas regiones las criaturas del Caos no representan un verdadero peligro para nuestro Imperio ya que, fuera de ellas, las más peligrosas y perversas no pueden sobrevivir.
Puede afirmarse incluso que los grandes Señores, los dioses-demonio del Caos, no pudieron penetrar jamás en nuestro mundo dado que, ni tan siquiera en los primeros momentos, la radiación caos fue tan elevada como para sostener su sustanciación. No obstante, Merchant de Velt afirma que, como toda regla general, presenta excepciones y que algunos seres excepcionalmente peligrosos pudieron superar este obstáculo uniéndose a la materia de nuestro mundo en alguna de sus manifestaciones, citando como ejemplo a los gargólicos o demonios de roca, criaturas temibles, pero en modo alguno, de poder apocalíptico…”
Serran Angus. Lecciones básicas.
Capítulo vigésimo.





Nos encontraremos una vez más a este lado del cielo.
A la orilla del abismo, al filo del rompiente, donde los mundos se desangran y los dioses no pueden mirar.
Nos encontraremos una vez más a este lado del velo porque soy aquel que escribió su nombre en tus sueños.
Inscrito en la decimoquinta Tablilla
de los Vaticinios de Ranshaj.




I. DEL POLVO Y DEL ACERO.

Vigésimo quinto día del Cuarto mes. Año 3004 CNI.

Jamás creyó Valnor de Shan´drilaar encontrar tan férrea resistencia en una ciudad cuyo único legado era polvo, ruina y silencio.
En el corazón del desierto de Czarfa se hallaba la ciudad perdida de Schzereed.
La antigua ciudad de los Xcreicks parecía estar construida con la materia con la que se tejen los espejismos, envuelta en un sudario de arena; abrasada, olvidada y muerta.

Solo el fantasma de una antigua gloria transitaba sus calles. Solo el viento era testigo de la muda belleza de sus mutiladas estatuas, aún erguidas, dormitando en su dolorosa decadencia en parques y plazas que más bien semejaban sepulcros.
Ninguna bandera ondeaba en sus torres. Ningún verdor teñía los sedientos restos de los antaño frescos y alegres jardines. Las siluetas de sus palacios y construcciones rielaban desdibujadas por efecto de la asfixiante calima. Las vidrieras que una vez refulgieran en los rosetones de los templos, las piedras preciosas que en su día facetaran sus altares habían desaparecido para siempre sepultadas bajo el sol abrasador del Nefret.
Los colores, desde el añil de los minaretes hasta el profundo índigo de los frisos del gran Santuario, se habían difuminado. Las risas y los llantos habían enmudecido.
El tiempo y el desierto habían reclamado un inmenso tributo y Schzereed había pagado con todo lo que tenía. Arte, mampostería, forja y lacado sucumbieron, arrastrados por una marea de ruina en los albores del ocaso. Todo se lo había llevado el Czher´shen, el que silba entre las dunas, el viento del desierto.

Pero no la Memoria. En su recorrido siempre alerta por las calles vacías y las casas abandonadas de la vieja ciudad, Valnor había podido admirar los frescos aún vivos en las paredes. Mosaicos y bajorrelieves habían sido indultados por la cólera de los elementos, quizás como un aviso. Relataban el destino de Schzereed, la desdicha de los Xcreicks.
Narraban una historia de devoción, de servicio pero también de traición, de castigo y tormento. Una historia tan similar a la de su propio pueblo que fue incapaz de evitar que un escalofrío le recorriera la espalda.

El segundo día de su exploración Valnor encontró un pasadizo bajo la biblioteca de un viejo templo que le condujo a un dédalo de pasadizos, cámaras, salones y capillas bajo la gran urbe.
Como si aquella intromisión hubiera insuflado un hálito de vida en las venas de la vieja ciudad, sus guardianes comenzaron a aparecer. Tan decrépitos y degenerados como ella, surgían de las rugosas paredes, formas humanoides de ojos velados, cuerpos que parecían estar formados por piedra quebradiza y carne putrefacta, armados con espadas de hoja ancha.

Valnor podía ver en la oscuridad. Pertenecía a la raza élfica, pero nunca habría sido confundido con un elfo de Aderan. Había nacido en Shan´drilaar, la Grande. Era más alto y atlético que sus parientes aderanos, y, aunque sus rasgos eran decididamente élficos, bellos, suaves y elegantes, sus ojos grises estaban nublados por una sombra y su pelo había encanecido, algo verdaderamente insólito en alguien de su raza, pero comprensible para quien conociera su historia.
Valnor vestía una armadura ligera de piel de sarimir confeccionada por los nómadas Akrasum, una excelente protección en aquel despiadado mar de arena.
Pero Valnor también era despiadado y su espada, forjada en las místicas fraguas de Shan´drilaar, un instrumento absolutamente letal, tan afilada y veloz como su dueño.
La oscuridad no tenía secretos para ninguno de los dos.

Los guardianes atacaron como un solo ser y aunque un observador habría pensado que sus armas se agitaban con la velocidad de una serpiente mientras Valnor apenas se movía, las espadas enemigas, sin excepción, solo conseguían rasgar el aire a una considerable distancia de la cabeza del elfo, cuyo rostro concentrado permanecía imperturbable. Los guardianes parecieron advertir el hecho e imprimieron a sus armas una velocidad increíble encadenando una sucesión de estocadas, molinetes y golpes laterales. Sin embargo, la espada de Valnor estaba en todas partes, parando golpes lanzados al unísono desde distintas direcciones, contrarrestando en el último segundo la lluvia de tajos lanzados contra su dueño.
Valnor danzaba entre el centelleo plateado de las hojas de sus enemigos hasta que la inseguridad les hizo retroceder. En ese instante el elfo contraatacó. Realizo un veloz barrido con su pierna derecha a ras de suelo derribando a un grupo de enemigos y rematándolos con precisos tajos en el cuello. Cuando el resto se abalanzó sobre su espalda, desguarnecida por la pirueta, no encontraron más que aire una vez más. Valnor había utilizado su otro brazo como apoyo y, aprovechando el impulso de su ataque, había rodado sobre si mismo listo para incorporarse. Uno de los guardianes saltó hacia él antes de que pudiera recuperar la verticalidad por completo y, con toda la fuerza de su brazo rocoso, le propinó un aterrador golpe de revés. La espada de Valnor brilló rauda para interceptar el brutal ataque. Ambos contrincantes intercambiaron tajos a velocidad vertiginosa. Tras un instante, con un hábil giro de su espada, el elfo consiguió desarmar a su enemigo y con un rápido tajo lateral partió por la mitad el torso del guardián justo debajo de la línea del pecho. Aquellas manifestaciones de la ciudad morían sin sangrar.

Tras unos pocos minutos de lucha solo tres de los guardianes permanecían en pie.

No obstante, el guerrero no esperaba lo que sucedió a continuación. Los tres seres restantes unieron sus cuerpos y un líquido oscuro y maloliente comenzó a manar de sus poros hasta cubrirlos por completo. La figura resultante comenzó a burbujear y a cambiar como si estuviera hirviendo víctima de una violenta mutación incendiaria. Finalmente, la vil secreción empezó a disolverse deslizándose en humeantes regueros hasta formar un repugnante charco a sus pies, revelando la forma del nuevo ser recién formando. Su estructura era similar a la de sus hermanos menores pero medía más de dos metros de altura y parecía tallado en roca sólida. Sus brazos terminaban en dos masivas tenazas. No tenía rostro, solo un globo ocular blancuzco rodeado de venas negras en el centro de la cabeza.
El monstruo no perdió tiempo en presentaciones y se lanzó hacia delante chasqueando sus pinzas con velocidad cegadora. Valnor esquivó el primer ataque y le propinó una fuerte patada en el estómago con el fin no tanto de dañarle como de impulsarse a si mismo hacia atrás, poniendo distancia entre él y aquellas pinzas que trituraban cuanto apresaban.
Los contrincantes comenzaron a caminar en círculos, manteniendo la distancia y cubriendo cualquier hueco en su guardia con movimientos precisos y casi imperceptibles. De pronto, el elfo quedó inmóvil, con la mirada perdida. Decir que el gran guardián fue rápido sería como confundir brisa con tempestad. Las pinzas de ambos brazos se proyectaron hacia el frente en el parpadeo de un ojo, encontraron el cuerpo de Valnor y se cerraron sobre él destrozándolo.
Pero no fue el que aconteció el resultado esperado por el bruto. El cuerpo del guerrero elfo no estalló en un surtidor de sangre y miembros mutilados. Su imagen se desdibujó y se desvaneció en el aire como obra de ilusión o fantasmagoría. El último sonido que el titán escucho fue el de una espada deslizándose en el interior de la vaina, a su espalda. Un segundo después la cabeza decapitada y sin rostro del último guardián se hizo añicos sobre el piso seguida de su enorme corpachón.

Valnor continúo su descenso por túneles medio derrumbados y corredores cada vez más oscuros y cavernosos, atravesando salones en ruinas apenas iluminados en los que hervían arracimados como masas tumorales colonias de insectos de caparazón iridiscente.
En un momento dado Valnor sintió un sabor amargo en la boca y sus piernas se negaron a sostener su cuerpo. Cayó de rodillas sobre el frío suelo.
No estaba herido, de eso estaba seguro. Ninguno de sus enemigos había estado cerca de tocarle. Se trataba de otra cosa, algo que el guerrero conocía bien. En ocasiones su mente caía. No tenía otra forma de describirlo. Perdía el control de sus pensamientos, secciones enteras de su memoria se desvanecían como humo para siempre.
El dolor en las sienes llegó como siempre, como el golpe del martillo de un gigante. Lento, pesado, imparable. Se extendió por toda su cabeza hasta que sus encías empezaron a palpitar.

Esta vez no lo permitiría. Esta vez era distinto. Había llegado demasiado lejos. Aquella era su última prueba. Una prueba de fe la había llamado el Hombre Pálido.

(Ve a la ciudad perdida del desierto de los Akrasum. Mata al dios de los Xcreicks; mata al dios de cristal).

Por primera vez en toda una eternidad Valnor tenía al alcance de su mano la llave que le permitiría liberar a su pueblo. Nada iba a detenerle. Apretó los dientes e intentó concentrar los fragmentos dispersos de su mente. Como siempre, su memoria cobró vida propia y le trasladó al único lugar al que no podía regresar.
Vio la Torre de Ansherm, escaló en un instante su prodigiosa altura hasta llegar a la Cámara Real. La Reina estaba allí, atrapada en aquel sueño eterno. Pero, en su recuerdo, siempre abría los ojos y tendía hacia él sus blancas manos. Los estigmas de sus palmas rezumaban un icor caliente pero dulce y perfumado que anegaba Shan´drilaar para siempre en un cálido mar de tristeza.
Valnor notó un calor líquido en su boca. El ensueño se desvaneció.
Se sintió algo mejor al punto. El dolor había cesado. Volvía a tener el control de su mente aunque estuviera dispersa, dolorida y salpicada por las lagunas de su memoria.
Se limpió la sangre que manaba de su nariz, aclaró sus pensamientos con gran esfuerzo y se incorporó ágilmente. El final de su camino estaba ya muy cerca.
Descendió unos escalones esculpidos en la roca y se encaminó hacia la Gran Cámara bajo la ciudad. La sala del dios de cristal.



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Sombras del alma capítulo I
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