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 Sombras del alma capítulo IV

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stalkeruki

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MensajeTema: Sombras del alma capítulo IV   Jue Ene 15, 2009 9:43 pm

IV. DEL SUEÑO Y DEL DESEO.

Tras abandonar Shan´drilaar, Valnor vagó por los territorios del Caos durante más de quince años. Vio cosas que ningún mortal ha contemplado y su fortaleza y determinación sufrieron las más terribles de las pruebas. Cien tomos no serían suficientes para narrar sus gestas y cien bardos morirían exhaustos al intentar trovarlas.
Valnor escapó del Abismo y arribó a los reinos de Aderan y al seno del Imperio.
Vivió varios años entre los aderanos, ganándose el sustento como espada de alquiler.
Pero durante ese tiempo jamás dejó de buscar una esperanza para su pueblo, una forma de arrancar su bella ciudad de las garras de Erigor.
Buscó en los más excelsos y elevados templos de los dioses del Orden y en los más ocultos y tenebrosos bastiones de los adoradores del Caos. Entró en contacto con los Dragones Ancianos, con los espeluznantes cultistas de un solo ojo del Enjambre Mortu, con los santos varones de la Gran Hermandad Arcana…
Todo fue en vano. Y mientras tanto su mente empezaba a nublarse, su razón a perderse, su tiempo a escaparse.
Sin embargo, en algún lugar que su memoria era incapaz de fijar había oído unas sencillas palabras.
(Acude al señor Nassden. El puede ayudarte.)

Y así comenzó la última fase de su empeño, con una frase apenas intuida, quizás imaginada, una referencia críptica de la que nadie pudo dar fe.
Hasta una noche en que Valnor soñó su destino.

En el sueño se hallaba en una plaza que, a la vez, era todo un mundo.
El color anaranjado del cielo bañaba el lugar con un siniestro resplandor de luz escarlata y masas de cúmulos negros fluían sobre su cabeza con la premura con la que las aguas de un río discurren por su cauce.
En el centro de la plaza se elevaba una sombría catedral. Sus torres y estructuras surgían como trazos en la niebla dibujados con un pincel de sombras.
Valnor dirigió sus pasos hacia la catedral en cuya fachada inmemorial alternaban el naranja profundo del cielo y el espectral reflejo obsidiana de las nubes.
El interior era fantasmagórico e irreal. La extraña luz de aquel mundo se colaba por el cimborio tiñendo el altar con un tono rojizo, como si acabara de practicarse en él un sacrificio de sangre. Valnor apartó la vista del ábside y tomo el brazo norte del transepto, hacia la escalinata de la Gran Sala Capitular. Sus pasos no tenían eco.
En su recorrido observó el gran número de tallas que adornaban las capillas.
Una representaba a un joven, un mago humano. En su mano reposaba un extraño vial lleno de un líquido en el que era imposible fijar la vista. A su espalda, un gran espejo roto parecía cernirse sobre él.
Algo más adelante se detuvo para contemplar otra estatua de aquella singular galería.
Se trataba de una mujer humana, una guerrera. No tenía rostro pero su mano aferraba una gran espada oscura sin empuñadura ni guardamano. Solo una larga y afilada hoja negra. Al pie de la escultura se habían grabado unas palabras:

La espada de Armian ni se empuña ni se porta. Ella decide si se acomoda en tu mano o si te la cercena.

Valnor nunca olvidó aquellas palabras.

La última estatua que llamó su atención no representaba a un elfo ni a un hombre pero tenía rasgos de ambos. El ser era alto, imponente. Incluso una simple imagen de su persona emitía un inmenso poder. Estaba tallada en un solo bloque de mármol. Sus ojos eran blancos, los de un ciego. Valnor tuvo la incómoda sensación de que aquel ser también podía verlo.

En un instante, como sucede en los sueños, Valnor se encontró en la sala central de la torre más alta de la catedral. A través de un amplio ventanal, el elfo de Shan´drilaar pudo contemplar maravillado la oscura gloria del sol de aquel mundo.
Una inmensa esfera de materia negra cubría el cielo.
El sol estaba tan próximo que casi creyó poder alcanzarlo extendiendo una mano. Valnor podía ver incluso los canales naturales de su superficie por los que discurría en oleadas atronadoras un magma de color azul brillante, flujos piroclásticos que estallaban en nubes de pavor con una violencia inconcebible a lo que parecían escasos metros de su cuerpo, insignificante en comparación.

Un quedo susurro a su espalda rompió el hechizo. Valnor se volvió en el acto.
Había alguien con él en la sala. Un individuo alto y calvo ataviado con una sotana negra perfectamente entallada en su enteco cuerpo al que cubría por completo. El cráneo era alargado y repulsivo. La piel parecía haber sido cortada en lonchas y colocada después sobre el hueso. Los ojos eran pozos oscuros en cuyo fondo latían dos puntos de luz azul. La tez cérea, plagada de arañas vasculares. Las mejillas hundidas, pasto de gusanos. La boca una abertura espantosa. De hecho, hasta el último resquicio de aquella cavidad estaba erizado de dientes aguzados como dagas, muchos de ellos clavados en su propia carne. La lengua se balanceaba roja, en carne viva.
El Hombre de la Cara Pálida habló por primera vez.

- Yo soy el Pastor. No puedes oír el repique de las campanas de esta catedral, en los confines de ninguna parte. El toque de difuntos es mudo.
Valnor había visto en demasiadas ocasiones criaturas muriendo devoradas por la fase final de la gran mutación. Aquella voz era el equivalente acústico de aquella visión.
El elfo dio un paso al frente.
- Mi nombre es Valnor de Shan´drilaar- dijo- Estoy aquí para ofrecer mis servicios al señor Nassden.
- Un presente – susurró el Pálido.
Valnor no entendió bien la referencia de la criatura. Buscó en los bolsillos de sus calzas de cuero y ofreció lo primero que encontró, algo que no recordaba llevar consigo y que no reconoció.
El Hombre Pálido no se movió pero el objeto salió disparado de la mano del elfo para desaparecer engullido por las sombras que rodeaban al corrupto Pastor.
- El señor Nassden no recibe a cualquiera – sentenció la aparición.
- Yo no soy cualquiera- replicó el elfo.
- Quien ayuda al señor Nassden es ayudado por él. Quien le ofrece sus servicios puede formular una petición única, un deseo verdadero que, algún día, verá cumplido.
- Para mi es suficiente –reconoció Valnor- Deseo la libertad de mi pueblo. Deseo que pueda abandonar el Abismo. Deseo el retorno de Shan´drilaar.
El Pastor permaneció un instante en silencio.
- Una misión te encomiendo -dijo al fin- Una prueba de fe. Supérala y serás recibido por el señor Nassden.

(En el desierto de Czarfa, en la ciudad de Schzereed. Mata al dios de cristal. Mata al dios de los Xcreicks).


Vigésimo séptimo día del Cuarto mes. Año 3004 CNI.

La tercera hora de la tarde se abatía sobre Schzereed convirtiendo sus calles en el horno de una gigantesca fragua.
Resguardado del sol en el interior de una de las antiguas residencias, Wydem Del´surratt, capitán de la Legión Blanca de los Akrasum, estudiaba detenidamente las pinturas de sus muros. Los habitantes de aquella ciudad habían entregado su Historia a la piedra. No era capaz de entenderlo. La Historia de los Akrasum pertenecía al Czher´shen. Así había sido siempre y así por siempre sería.
Un soldado entró a la carrera y saludó a su superior llevando su mano derecha cerrada al pecho, un símbolo de respeto a lo más preciado, el símbolo del agua.
- ¿Le habéis encontrado? – inquirió el capitán.
- Si, mi señor –fue la respuesta- Bajo la ciudad, en la sala más profunda. No puedo comprender que buscaba allí abajo. No hay nada, capitán. Solo escombros. Los hombres dicen que Gro´s´gerdah nos maldecirá si no abandonamos pronto esta ciudad.
- ¿Está… vivo?
- Si y no, mi señor. No hay heridas en su cuerpo, tampoco señal alguna de lucha, pero
no despierta. Yace en el suelo sin sentido y su pelo… se ha vuelto totalmente blanco.
Los hombres dicen que sería mejor dejarlo ahí.
- Prestas demasiada atención a lo que dicen los hombres, Huemul. – recriminó el capitán con tono agrio- Olvidas que aceptamos su oro y compartimos el agua. Hicimos una promesa. Una promesa es para los Akrasum como la arena del Nefret, una vez te ha atrapado sólo ella puede liberarte.
El capitán de la Legión Blanca olisqueó el aire.
- El viento va a cambiar –repuso- He de hablar con la Sharik. Recoged el cuerpo del extranjero y llevadlo al Campamento. Los Cuidadores se harán cargo de él. Dentro de tres días emprenderemos la marcha si mi opinión prevalece. Si para entonces no ha recobrado el sentido lo dejaremos atrás y que el desierto sea su juez.

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