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 Sombras del alma capítulo III

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stalkeruki

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MensajeTema: Sombras del alma capítulo III   Jue Ene 15, 2009 9:41 pm

III. DEL PRINCIPIO Y DEL FIN.

La Gran Capilla estaba al fin a su alcance pero Valnor nunca esperó que estuviera desprotegida.
Lo que surgió siseando de las entrañas de la tierra a través de una enorme fisura del suelo de la Antecámara si fue una sorpresa, sin embargo.
La sima oscura vomitó a un ser de pesadilla, una gran cabeza chata, apenas dos protuberancias deformes que alojaban unos ojos facetados, oscuros y brillantes y una boca rodeada de velludos quelíceros acabados en garras de metal. De los costados bulbosos de aquel ser surgían un sinnúmero de poderosos tentáculos extensibles tan anchos como el muslo de un gigante. Su piel era gris y untuosa y su aliento pestífero.
La bestia fijó sus odiosos ojillos en Valnor y, con una fuerza terrorífica, lanzó contra él una andanada de aquellos tentáculos que restallaban contra paredes y columnas, destrozando todo a su paso y amenazando con derribar las galerías.
Valnor reculó a toda prisa esquivando con toda su pericia aquellos látigos tentaculares que supuraban espuma y un gas de hedor asfixiante.
Por cada apéndice que su espada amputaba dos más parecían unirse a la fiera persecución.
Incapaz de esquivar eternamente, Valnor cambió de táctica. Saltó sobre un pilar indemne logrando durante un instante una perfecta suspensión y, utilizándolo como punto de apoyo para darse impulso, proyectó su cuerpo hacia delante volando literalmente sobre la masa de seudópodos que le perseguían en dirección a la cabeza del Leviatán. Este, que no esperaba la maniobra, no reaccionó a tiempo. La espada de Valnor fulguró con un frió brillo mágico cuando se hundió en su cabeza.

Aunque el bramido de la bestia fue terrible y ensordecedor, el resultado no fue el esperado. El ser levantó uno de los quelíceros de acero de su boca y golpeó con fuerza el pecho de Valnor lanzándolo contra el suelo mientras los tentáculos volvían a reagruparse protegiendo su cabeza.
El guerrero de Shan´drilaar volvió a levantarse al instante, pero el monstruo fue aún más rápido. Varios tentáculos, enroscados unos sobre otros formando un terrible ariete, serpentearon hacia su cuerpo. Esta vez no hubo tiempo ni espacio para efectuar un quiebro.
El impacto sacudió el lugar hasta sus más profundos cimientos.
El aullido de dolor del monstruo fue tan gratificante como revelador.
Valnor, permanecía en pie, con las manos juntas y ante él, materializado en el último momento, se hallaba suspendido en el aire un escudo transparente de pura energía mágica.
De poco le había servido a la bestia su frenesí asesino y su espectacular fuerza. Aquel escudo proyectaba una carga eléctrica al ser golpeado. Cuando mayor era la fuerza del impacto más severa resultaba la explosión eléctrica.
-Mi turno- susurró Valnor.
Tras un instante de concentración extendió su mano derecha. De la palma extendida surgió un cono de centelleante luz escarlata que se proyectó como una hirviente lluvia de dardos ígneos hacia su enemigo. La explosión derribó varias columnas y parte del techo se desprendió, haciendo llover cascotes y roca sólida por toda la estancia.
Esta vez, sin embargo, fue Valnor el sorprendido. Con un gesto de su mano una ráfaga de viento surgido de la nada retiró el polvo generado por la explosión.
La criatura tentacular estaba ilesa. De alguna forma había logrado erigir ante si un escudo mágico idéntico al del propio Valnor logrando detener su ataque. Pero aquello no era todo. También los ojos de la criatura habían cambiado. Ahora estaban mejor definidos, transmitían una mayor sensación de consciencia, una mirada fija de impúdica sorna y maldad abrumadora. Y eran grises.
El rostro de Valnor se ensombreció, sus propios ojos de acero se transformaron en rendijas.
Mientras con la mano izquierda invocaba nuevamente el escudo protector, elevó la derecha por encima de su cabeza. Un globo dorado de energía mágica se formó en ella y fue creciendo hasta semejar un sol en miniatura.
El monstruo rió. Fue un sonido estremecedor, como el rauco chirriar de una rueda mal engrasada. Cuando el elfo de Shan´drilaar lanzó el gran globo de energía contra ella, la bestia levantó una vez más su poderoso escudo de energía. Su risa se convirtió en una gutural carcajada para cesar casi de inmediato. El globo se deshizo en un inofensivo arco iris de luz estroboscópica antes de alcanzar su destino permitiendo al ser vislumbrar, aunque ya sin tiempo para reaccionar, lo que Valnor había lanzado justo detrás, oculto en su estela.
El escudo del propio Valnor.
El choque de ambos escudos produjo un momentáneo colapso del campo mágico. La deflagración de la carga eléctrica amplificada fue descomunal. Valnor fue lanzado contra la pared del fondo de la Antecámara y estuvo a punto de morir enterrado por el techo cuando este se le vino encima.
Cuando al fin pudo levantarse, no había rastro de la criatura. Incluso la gran fractura del suelo había desaparecido.
Valnor decidió no perder más tiempo. Abandonó la estancia destrozada y descendió los últimos peldaños que conducían a la Gran Cámara final.

Nada diferenciaba la Gran Sala de las decenas de estancias del subterráneo bajo la ciudad perdida.
No estaba cuajada de joyas ni finamente decorada. No había tallas en los cabios, ni hojas de acanto en sus columnas.
Un pedestal solitario y sobre él un dios de cristal.
Valnor había visto muchas entidades a lo largo de su vida, pero ninguna parecida a aquella.
La estructura se elevaba unos dos metros sobre el suelo formando sinuosas espirales.
Parecía hecha de cristal translúcido, pero latía como carne. Su interior era pura luz celestial blanca y rosada. Mirando en su interior Valnor redescubrió el lugar en que se hallaba. A través de los nítidos reflejos del dios de cristal las salas del complejo eran claras y luminosas, bañadas por una luz dorada, llenas de música, brocados y sedas, mármoles y plata.
De Vida.
Ahora podía ver con toda claridad hasta el más mínimo detalle de los frescos pintados en paredes y chapiteles. La desesperación de mil años sin vida ni muerte, de locura y llanto.

(Mata al dios de cristal.)

Valnor desenvainó su espada y se acercó al ser pulsante. El martilleo en el interior de su cabeza amenazaba con desencadenar otra crisis. No había tiempo.
Con un grito de triunfo Valnor golpeó a la entidad cristalina. Su espada la atravesó, penetrando en su interior sin encontrar resistencia. No oyó ruido alguno.

El elfo jamás imaginó que sería él quien sentiría la mordedura ni soñó con experimentar un dolor como aquel. Sintió como si cien espadas candentes se clavaran en su pecho y lo desgarraran cortando en todas direcciones. Cayó de rodillas presa de una terrible angustia e introdujo su mano derecha bajo la armadura. La retiró chorreante, roja y pegajosa. Con un esfuerzo que incrementó aquel monstruoso dolor se puso en pie y, tomando una bocanada de aire que quemó sus pulmones como ácido, levantó su arma y golpeó de nuevo al dios de los Xcreicks.
Esta vez fue peor. Una mortaja de pura agonía amenazó con asfixiarle. Una barra de hielo pareció tomar forma y sustancia en el interior de su espina dorsal y estallar.
La espada se escurrió entre sus dedos mientras su cerebro buscaba desesperado una salida, un paliativo. La mitad de su rostro se había desintegrado, convertido en una pulpa sanguinolenta que colgaba del hueso en jirones purpúreos; sus labios habían desaparecido, destrozados por sus propios dientes. Un brazo colgaba inútil
al costado, desgarrado, con las arterias reventadas y los músculos y tendones colgando fláccidos como los cabos de un barco fantasma, como las cuerdas de los ahorcados.
Un charco de sangre cada vez mas abundante comenzó a extenderse lentamente por el suelo hasta la base del dios de cristal cuya luz comenzaba a tornarse oscura y vacilante.
La mente de Valnor se convirtió en un torbellino en el que batallaban sin tregua el terror más negro y el dolor más atroz. Presa de un sufrimiento indescriptible se dobló sobre si mismo y vomitó en el suelo sangre negra y grumosos cuajarones de tejido humeante.

(Una prueba de fe. Prueba de fe. Prueba de fe. Prueba de fe).

Valnor buscó a tientas su espada con la única mano sana que le quedaba. Una mano sangrante y sin uñas Una vez hallada, la aferró con la pasión de un demente y usándola como cayado volvió a ponerse en pie.
Su grito de dolor resonó por todo el complejo. Un lacerante restallido sacudió hasta la ultima fibra de su ser y trozos de su cuerpo y un reguero de purulento líquido rojo y amarillo se deslizaron hasta el suelo.
Más allá del dolor, Valnor comprendió que si golpeaba una vez más la Luz no sobreviviría.
El último golpe llevó al elfo de Shan´drilaar, la Condenada, más allá de la fe, de la culpa, del vacío y del miedo.
El dios de los Xcreicks implosionó arrastrando el cuerpo desintegrado y la mente en llamas de Valnor a las profundidades de una creciente y terrible oscuridad. Aquel fue el final.

Y también el principio.










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